Sabes que no la van a terminar. La lees igual.
Berserk. Nana. Una canción de hielo y fuego. Empecé las tres sabiendo lo que había, y las tres me han dado más que la mayoría de cosas que sí tienen final.
Porque el final no era donde estaba el valor. Estaba en el camino, y eso no me lo quita nadie: ni un hiato de catorce años, ni un autor que se muere antes de llegar.
He intentado defender esto en cenas y no funciona. Suena a excusa de alguien que no sabe elegir sus lecturas. Me da igual: sigo entrando en historias que no me van a devolver un cierre y sigo saliendo con algo.
Lo que escribo
Mis personajes se tropiezan. Se tropiezan otra vez, con la misma piedra, de la forma más tonta posible. Y siguen — no porque sean valientes, sino porque quedarse quieta tampoco es gratis.
Es lo único que te puedo prometer que va a estar siempre.
Fantasía y romance, con una debilidad por los ratos en los que no pasa nada: el viaje entre dos ciudades, la conversación de las tres de la mañana, alguien trabajando con las manos mientras piensa en otra cosa. Si buscas un giro cada capítulo y ritmo que no te deje respirar, no soy yo.
Ahora estoy con una historia donde el progreso alquímico y tecnológico amenaza con extinguir la magia del planeta. Que visto de lejos es otra vez lo mismo: qué se pierde por avanzar.
Lo mío pienso terminarlo. Pero ya ves de dónde vengo.